criaturas extrañas del bosque

Criaturas extrañas del bosque

Nuestro relato de hoy está relacionado con seres extraños del bosque. Son muchas las
historias en torno a estos seres, y muchas las leyendas que hablan sobre personas
desaparecidas en situaciones extrañas. Algunas de esas desapariciones suelen atribuírsele a la
intervención de seres extraños que habitan en el bosque para resguardarlo.
Fue un grupo de montañeros, quienes dispuestos a cruzar los montes Urales perdieron la vida
de manera misteriosa.
Uno de ellos el único superviviente que quedo de aquel suceso, se sentaba en frente de su
psiquiatra para relatarle una vez más lo ocurrido.
– Era… era como si nos estuviesen observando desde algún lugar, o de todas partes. Sé
que es normal ¿quién no ha tenido esa sensación? ¿Pero en el bosque? Era algo que
impresionaba. Más aún cuando ya habíamos escuchados todas esas historias sobre
personas desaparecidas. Aun también sé que todas esas historias eran más bien
leyendas, parte del folclore de aquel lugar. Aún así, cuando nos adentramos en el
bosque lo hicimos siendo conscientes de que cualquier cosa podíamos encontrar allí. Y
que también, a lo mejor, esos mismos habitantes amantes de sus propias leyendas y
de que nosotros fuésemos creyentes de ellas. Estarían dispuestos a darles vida ¿quién
no lo ha hecho? Yo mismo, cuando era un adolescente que quería asustar a alguien; he
hecho muchas trastadas.
Pero… lo de aquella noche (segundos de pausa) no digo que no hubiese podido ser un
acto de un grupo de personas dispuestas a todo. Que fanáticas, hubiesen montado una
buena pieza de teatro, pero; en este caso (se volvía a quedar un par de segundos en
silencio, como intentando desmarañar aquella madeja que se le resistía) necesitarían
de unos buenos recursos para montar todo aquello. Y aquella gente… no, no los veo yo
con muchos recursos. Hay que tener mucha creatividad para tal cosa.
– ¿pero qué paso aquella noche? – pregunto por enésima vez la psiquiatra, esperando
esta vez obtener algún detalle que le esclareciese los hechos.
– Ya sabes. Fuimos allí en un principio para investigar sobre los hechos ocurridos años
atrás, cuando por circunstancias desconocidas empezó a desaparecer una cantidad
importante de personas. Algunos eran cazadores, otros simples aventureros y
excursionistas amantes de la naturaleza. Eran unos hechos que aunque ya lejanos, no
habían dejado de llamar la atención. Por lo misterioso. Y pensamos que sería una
buena narrativa para nuestra columna de periódico. Así que fuimos con el objetivo de
profundizar un poco más en los hechos ocurridos y después… (un par de segundos más
de silencio, está vez sus ojos brillaron recordando algo agradable) como reclamo
turístico. Aquel paisaje era precioso y siniestro a la vez. Además, éramos unos cuantos
y todos contábamos con una amplia experiencia en cuanto a rutas de montaña y
senderismo. Contábamos con buenos equipos, sería algo sencillo y rápido.
– ¿estaban ustedes preparados físicamente? Quiere decir eso
– Por supuesto que lo estábamos (salto a la defensiva) yo soy un buen deportista.
Entreno todas las mañanas, salgo a correr, de vez en cuando hago mis rutas con un

grupo de escaladores expertos. Diría que estoy preparado no solo física, sino
psicológicamente. Por ello, porque he pasado muchas horas y días en lugares
inhóspitos, es que subestimaba todo lo que aquellos granjeros nos decían a la hora de
tener que adentrarnos en aquel lugar.
<No es conveniente que vayan allí sin la ayuda de un guía experto> decían. Pero claro,
tal individuo no existía entonces. Todos se negaron a acompañarnos. Si nos decían que
pasar la noche allí era cosa de locos, pero ¿qué más daba el día que la noche? De
hecho; para nosotros la noche era mucho más segura y tranquila. Porque es el
momento en el que la naturaleza está más viva. Y a lo mejor podríamos encontrar una
señal distinta de la que ya habían encontrado otros anteriormente ¡Que ilusos!
Esperábamos encontrar el santo grial (sonrió nerviosamente) Además, como le dije
antes; estábamos preparados. Teníamos todo el equipo necesario.
– Entiendo ¿pero qué ocurrió aquella noche?
– Uhm! Eran unos ruidos muy extraños ¡no! Unos ruidos no, espere. Unos lamentos. No,
no, no, unos lamentos (se escudriñaba la cabeza como intentando recordar) no, no
eran unos lamentos. Bueno, el caso es que no sé ni siquiera como definirlo porque
aquel ruido no podía haberlo hecho un humano, ni un animal. Era como si viniese de
las entrañas de la tierra, eso; como si la tierra rugiese o como si un alarido saliese de lo
más profundo de ella.
Lu se quedó un rato reflexionando en silencio, a lo mejor intentando buscar las palabras para
definir el sonido al que se refería. Pero no las encontró. Y continuó.
– El hecho es que estábamos subiendo la montaña uno detrás de otro como siempre.
Jamás nos separamos, y menos en un lugar que no conocemos. Aún no era de día
cuando escuchamos el primer rugido. Nos miramos asustados, aquello no podía ser un
animal. Eso lo teníamos casi claro, digo lo de casi porque entonces ¿qué explicación
podíamos darle a aquello? ¿un monstruo? ¿un ser de otro mundo? ¡No! Pamplinas por
favor. La mayoría de los que estábamos allí éramos profesionales, personas con un
nivel cultural alto. Investigadores, médicos, periodistas, no creemos en seres
imaginarios o cuentos de hadas. Pero… el ruido fue real.
Como no lo volvimos a escuchar, lo atribuimos al cansancio mismo y eso nos relajo. El
cansancio (rió) uhm, ¿pero cómo era posible que siete personas a la vez tuviesen la
misma ilusión? En fin. Seguimos nuestro, pero entonces nos quedamos callados.
Temíamos que volviese a replicar aquel ruido, y no estuviésemos atentos. Queríamos
captarlo mejor. Pero lo que ocurrió a continuación, fue una cosa muy diferente y
extraña; la naturaleza se quedó quieta. Quieta como la imagen de una fotografía,
como si estuviésemos moviéndonos en el medio de un paisaje muerto. Era un silencio
inquietante. No solo era que no se escuchase el canto de un pájaro, o el rugir del
viento, la caída de una hoja. Todo estaba estático. Las hojas de los arboles se mueven
con el más mínimo soplo de aire. Pues en aquella ocasión, no ¿cómo me explica usted
que caminábamos por encima de la hierba y esta no reaccionaba? ¿Cómo? Por
supuesto que ni siquiera usted me lo puede explicar. Y además, no sé si me cree o me
entiende.

La psiquiátrica se quedó observándolo sin decir una sola palabra. Pero sin juzgarlo. Tan
estática como el paisaje que Lu, acababa de describir.
– Bueno, como le iba diciendo. Nos llamo la atención y nos inquieto bastante.
Empezamos a razonar, a discernir y llegamos a la conclusión de que todo era fruto del
cansancio, nuevamente. Llevábamos más de once horas caminando, y el camino no
era fácil desde luego, pero nos era gratificante. Hasta ese momento, claro.
Decidimos entonces parar y descansar, y nos asentamos a unos tres kilómetros del río.
No es que estuviésemos al lado de éste. Pero por algún motivo encontramos el lugar
donde estábamos parados en ese momento más seguro. Más recogido.
Creo que realmente estábamos asustados, y no queríamos movernos más.
¿Sabe una cosa? (miró a la psiquiatra con cara desconcertada) intentamos encender
una hoguera pero no pudimos. Nos tuvimos que comer las latas de comida que
llevábamos, frías. Y encendimos las lámparas de batería, para que por lo menos nos
alumbrara un poco, para que nos acompañara, para que nos protegiera. Creo yo.
Intentamos distraernos con conversaciones fáciles, banales, y nuevamente el ruido nos
cogió desprevenidos ¡Dios mío, como se nos pudo haber olvidado! De todas maneras
este se repitió un par de veces más. Y cada vez lo hacía con más intensidad. Y por
mucho que intentamos no pudimos identificarlo. Hasta el mismo Mario, mi Mario; se
trepó a un árbol creyendo que a lo mejor desde allí tendría una percepción más
amplia. Yo mismo apegue mi oreja al suelo durante un buen rato. Si es que no
sabíamos de donde provenía. De arriba, de abajo, del cielo, del infierno (y mientras
hablaba movía sus ojos hacía todos lados) que va, aquello no podía haberlo hecho
ningún ser humano. En fin, apagamos las lámparas y nos quedamos con la luz de la
noche. Se suponía que teníamos que descansar. Pero algunos estábamos cogidos de la
mano como niños. Propusimos irnos turnando para dormir, pero quien iba a dormir
con aquel ruido. Aquella incertidumbre de no saber que era, o de donde venía. Y lo
más perturbador, era que la naturaleza continuaba en silencio.
Como me hubiese gustado escuchar el ulular de un búho, el maullido amenazante de
un lobo a lo lejos, o unos pasos siniestros acercándose, nada. Silencio total.
Pero, eso sí lo recuerdo perfectamente y aún puedo sentirlo, puedo sentir como si nos
estuviesen observando constantemente. Como si fuésemos nosotros el objeto de la
investigación, conejillos de indias ignorantes de lo que pasaba al otro lado de ese
paisaje extraño.
Eso sí, la noche allí arriba era la más preciosa que puedo recordar. El cielo estaba
completamente estrellado, la luna casi redonda nos observaba, siendo testigo de lo
que pasaba con nosotros. Una testigo silenciosa también, y de no ser por el
movimiento y el parpadeo de las estrellas hubiese pensado que todo estaba muerto.
Incluidos nosotros.
El tiempo corría, si que corría. Vimos el trayecto lento de la luna, hasta dar paso a un
resplandeciente sol y nosotros como búhos sobre la rama de un árbol, sin haber
cerrado los ojos ni un solo instante. Estábamos agotados, más aún que el día anterior.
Como no estarlo, sino habíamos pegado ojo.
– ¿Qué hicieron entonces?
– Nos regresamos, decidimos que lo mejor era regresar a casa. Era como un sentimiento
colectivo que nos decía a todos que regresáramos.

– ¿y qué fue lo que paso entonces? Porque aquí dice que todo cambio ¿A que se refiere
con eso?
– En el momento en el que decidimos que nos regresaríamos, y empezamos a recoger
las cosas para volver sobre nuestros pasos. En el primer paso, con el primer paso, con
el primer movimiento, la naturaleza volvió a renacer.

Mientras Lu hablaba, fijo su mirada hacia el exterior de la ventana. Como si estuviese viendo lo
que estaba describiendo en ese momento.
– El viento volvió a soplar, los pájaros volvieron a cantar, el crujir de las ramas bajo
nuestros zapatos.
– ¿y el río? No menciono el río.
– ¿el río? Ja. Nunca unas aguas habían estado tan quietas, digo el día anterior. Cuando
quisimos ir a lavarnos un poco y refrescarnos. Cuando llegamos a la orilla del río, éste
estaba muy quieto. Como el agua de una piscina, creo que hasta el agua de una piscina
tenía más movimiento que aquel rio. Viendo aquello, algunos retrocedimos. Algo nos
impido sumergirnos en él. Teníamos la impresión de que aquello más que un río, era
una trampa. Un lugar en el que si nos sumergíamos, no saldríamos nunca más.
No recuerdo si veíamos nuestro reflejo en él. Cogimos un poco de agua, la suficiente
para calmar la sed y nos regresamos al campamento.
Pues en el momento en el nos dimos la vuelta, en el que decidimos dar ese paso de
regreso, las aguas más vivas y claras revolotearon en aquel lugar. Lo pudimos ver
desde donde estábamos. Decepcionados.
¿Qué necesidad teníamos de ir a comprobarlo? Aquel lugar no nos quería.
El camino de regreso lo hicimos en silencio, en aquella ocasión el silencio era nuestro y
la naturaleza en todo su esplendor, soplaba, piaba, crujía bajo nuestros pies, maullaba,
croaba. Era desquiciante, y nuevamente el rugido. El último y más inquietante de
todos. Alargándose durante unos segundos, no sé si treinta a lo mejor una eternidad.

Los ojos de Lu se llenaron de lágrimas,
– Fue cuando cayó ante nosotros la prueba que habíamos ido a buscar.
En esa parte del relato, las lágrimas saltaron de los ojos de Lu, y sus manos empezaron a
moverse de manera nerviosa, rascando con las uñas el reposabrazos de la silla. Saltándose el
protocolo, María le cogió el brazo suavemente e intento calmarlo.
– Lu no pasa nada. Ahora está a salvo; aquí nada le va a ocurrir. Si no quiere continuar
podemos dejarlo por hoy…
– ¡No! Necesito que alguien me crea.
– Yo le creo. He visto las fotografías y los resultados de la investigación.

– ¡Eso! Los resultados. De pronto y, como si de un terremoto se tratase, la tierra empezó
a moverse violentamente. Sacando de entre sus entrañas una enorme piedra. La
escupió al lado nuestro.
La mayoría empezó a correr y yo hubiese hecho lo mismo, si ella no me hubiese
agarrado de los pies.
– ¿Ella? ¿A quién se refiere?
– A la piedra. Ya sé que es absurdo, pero lo que había en la piedra fue lo que me agarró
de los pies. Y fue ese gesto, lo que me salvó la vida. Aunque a día de hoy, no sé si
hubiese preferido morir allí. Pero… no. No de esa forma (sus manos temblaron)
Miró a la psiquiatra a los ojos, y los suyos estaban llenos de terror.
– Vi, como mis compañeros fueron devorados por la naturaleza. Absorbidos por los
arboles. A Samanta, una de las dos mujeres que venía en el grupo; las ramas se le
metieron por todo el cuerpo de manera violenta. Como si la estuviesen devorando.
¿Sabe lo terrible que fue ver eso? ¡No! No lo sabe porque no lo vio y es difícil de
imaginar. Pues se lo diré; cómo si aquella hiedra estuviese llena de rabia, la agarró
fuertemente por los pies y la tumbó al suelo, y no. No es que ella se hubiese enredado
con la plata al salir corriendo ¡No! Yo mismo vi como la planta se enredó en sus tobillos
y tiró de ella. Una vez en el suelo empezó a subirle por las piernas hasta la cintura y
una vez allí… Dios mío, fue horrible.
Lu se tapó la cara con las manos, intentando evitar volver a ver aquella imagen. Que ya
no podría volver a borrar. Era inútil, se las apartó nuevamente dejando al descubierto
sus ojos llenos de lágrimas, y continuó. La hiedra empezó a meterse por el ombligo,
En ese momento Lu vómito. Y fue necesario aplicarle una dosis pequeña de calmante
para que culminase con su relato. Y así lo hizo…
– ¡Déjeme por favor, lo necesito!
– Por supuesto, parara cuando usted lo crea conveniente.
– Los ojos de Samanta se salieron de su órbita, supongo yo que había entrado en estado
de shock por el dolor. Yo mismo sentí el dolor cuando la rama rompió la piel, empezó a
convulsionar o simplemente era su cuerpo que se resistía a la invasión de aquel
organismo cruel. Después empezó a salir por todos los orificios del cuerpo; la boca, la
nariz, los oídos, pero también le empezaron a salir por las piernas. Pero la más grande
por la cabeza. Una mezcla de carne y sangre rota. Los demás corrieron con la misma
suerte, no pude verlos a todos, pero si a Samanta. Era una mujer hermosa, inteligente,
fuerte, como podía haberle ocurrido aquello.
– ¿y qué pasó con Joseph?
– No sé qué paso con Joseph, no lo volví a ver nunca más. A lo mejor se lo trago la tierra,
o huyó hacia las montañas y se perdió ¿quién iba a ir a buscarlo? Yo no, por supuesto.
– ¿y la piedra? Hábleme de la piedra.
– Estuve… estuve allí tumbado mucho tiempo, no sé cuánto. Horas, días, vaya usted a
saber. Cuando desperté estaba casi congelado, rodeado de una serie de ramas y, bajo
la sombra de aquella piedra. Supongo que pude sobrevivir, gracias a que estuve
protegido por aquellas ramas. No sabía… como no me había deshi…dratado.

El calmante ya empezaba a hacer efecto en Lu, pues ya empezaba a arrastrar las
palabras.
– Se alimento de la savia de la piedra, creo recordar.
– No… yo no me alimente de la savia de la piedra, la piedra me alimento con su savia.
Aunque supongo que ahora, sabiendo lo que sé, aquello no era savia.
Estaba… aturdido, como ahora. Confuso, débil, apenas podía moverme. Lo primero
que encontré, fue el rostro de un hombre frente a mi…que me observaba, casi sin
parpadear. Un sobreviviente, pensé.
Cuando… cuando empecé a mirarlo mejor, me di cuenta de que el rostro estaba
impregnado en la piedra ¡Me asusté! Claro, y me tire hacía atrás apartándome de la
piedra.
– Vamos a dejarlo, Lu. Créame, creo que es lo más conveniente yo soy su médico y…
– ¡No! Por favor. Necesito terminar de una vez por todas. Y será la última vez que hable
de esto, después que sea lo que Dios quiera.
Como le dije; al alejarme pude comprobar que aquella piedra grande, porque era
enorme. Tenía un rostro dentro de ella y lo peor, era que los ojos de ese rostro se
movían. Muy despacio, pero se movían. Estaba tan asustado y de repente… de
aquellos ojos empezaron a salir lágrimas, y de los míos también. Y lloró el rostro de la
piedra y yo con él, y me di cuenta de que, de que lo que había allí dentro era humano.
Un hombre que atrapado no sé cómo, sufría y… sentí su dolor.
Me acerque y lo toqué, y sentí los latidos de su corazón débil. Era… era un hombre
como yo, a lo mejor aquel que habían venido a buscar como nosotros un par de años
atrás el santo grial. Me compadecí de él, y no sé porque, me senté a su lado por un
largo rato. Y supe que había sido él, quien había cuidado de mi, horas atrás para que
no muriese.
Había sido ese hombre, quien entonces incrustado en una roca, me había agarrado de
los pies para que no me pasase nada. Había sido ese hombre incrustado en la roca
quien me había alimentado con su savia ¿sabe que hice?
– ¿qué?
– Empecé a escarbar aquella piedra para liberarlo de aquella prisión, con uno de esos
cuchillos pequeños que llevamos los senderistas cuando vamos a la montaña. Escarbe
de manera desesperada y me encontré… con partes de su cuerpo. Pero no le hablo de
un pie, o un brazo. Deje al descubierto lo que parecían… los intestinos. No, no, no, no
estaba fusionado con aquella piedra ¡maldita sea! Y cuando le miré al rostro se había
transformado en dolor y me di cuenta entonces de que yo no podía hacer nada. Y si el
rostro hubiese tenido boca, le hubiese obligado a decírmelo lo que tenía que hacer
para terminar con su sufrimiento. Yo mismo le hubiese matado. Pero no sabía por
dónde tenía que cogerlo.
Pero de repente, la piedra se movió rodando hacía mi como si quisiese decirme algo.
Yo me acerque. Pero volvió a rodar, esa vez de manera más violenta hasta casi
aplastarme. Y me retiré. Volvió a rodar hacia mí y, me asusté. A lo mejor quería
aplastarme, pero eso no era posible. Esa piedra me había salvado la vida.
Entonces el rugido, que días atrás nos había sobresaltado. Volvió a tronar.

La piedra volvió a moverse hacía mi y entendí que lo que intentaba era avisarme para
que saliera de allí antes, de que algo malo me pasase (se había levantado de la silla
impulsado como impulsado por una emoción) pero créame, yo no quería dejarle allí.
Empecé a llorar de impotencia y la piedra volvió a llorar nuevamente conmigo, pero
sin dejar de empujarme. Entonces… cogí la cámara pequeña y tome un par de fotos de
él; necesitaba pruebas. Del lugar; porque no quería que se me olvidara, y de Samanta,
o de lo que quedaba de Samanta.
Prometí volver a por ellos, a por sus cuerpos para salvarlos de aquella terrible prisión y
salí corriendo sin mirar atrás, llorando. Con el corazón a punto de salirse de mi boca
pero, con la promesa de volver a por ellos. Recuperarlos… esa fue mi fuerza en ese…
momento. Nunca… había corrido tanto en mi vida… con tanta fuerza… a tanta
velocidad. Volvería a por ellos, siempre lo mantuve en mi mente, volvería a por ellos,
volvería por ellos, volvería…
Se le administró una dosis más fuerte y cayó rendido.
A pesar de las pruebas aportadas, las fotografías; aunque un poco difusas. Los
rescatistas, en aquella ocasión unos cuantos más. Profesionales apoyados por un
pequeño grupo militar, fueron incapaces de encontrar el lugar. Era como si el camino
hubiese desaparecido entre el espesor del bosque. Las indicaciones que había dado Lu,
mostraban un lugar completamente diferente. Se encontraron con un lugar agreste, de
difícil acceso. Los cuerpos de sus compañeros tampoco fueron encontrados, ni siquiera
el más mínimo rastro de ellos. Ni tan solo un solo objeto, de los muchos que Lu había
dicho que llevaban. Nada.
En cuanto a Lu, permaneció internado en el centro tres años más. Hasta que se quitó
la vida, lanzándose desde la última planta del edificio

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