LA HISTORIA DE UN ASESINATO QUE SE REPITE EN EL TIEMPO

LA HISTORIA DE UN ASESINATO QUE SE REPITE EN EL TIEMPO

Esta historia es una de las muchas que se cuentan en las tabernas de los pueblos, esos lugares
donde se solían reunir los hombres con sus copas de vino, o de coñac. Después de su jornada
laboral, y para distraerse, la taberna era la mejor y casi única forma de ocio que se tenía por
entonces. Allí se hablaba de las cosas cotidianas, de los acontecimientos insólitos, que solían
ser pocos o a lo mejor de las historias pasadas, que solían ser las más recurrentes.
Fue en una de esas tabernas, en donde uno de los parroquianos habituales, trajo la historia
que relatare a continuación. La historia según el hombre decía, era tan real como cualquier
otra y si se mencionaba poco, era por la propia naturaleza de esta. Y es que según había dicho,
los habitantes preferían no mencionarla por miedo a que se volviese a repetir.

Nos iremos entonces hasta el año 1832. El protagonista de esta historia “El moreno” como sus
compañeros de fechorías le apodaban, había caído por fin en manos de la ley. Ladrón de
profesión y bandido por devoción, había sido capturado minutos antes de cometer su último
acto violento y que nada tenía que ver con el hurto de bienes ajenos. Este último delito era
mucho peor que el robo a mano armada a un carro de mercancías, cometido años atrás por él
solo. En el cual había asesinado a dos personas inocentes, dejando a siete niños huérfanos. Los
hijos de los guardias que custodiaban la carga y, del cual había salido absuelto por falta de
pruebas.


En esta ocasión la policía había llegado al lugar de los hechos advertida por el hermano de la
víctima. Un niño de cuatro años, quien milagrosamente había logrado escapar de las garras del
asesino y quien los había llevado hasta un granero abandonado que se hallaba al otro lado del
pueblo. Aquel lugar era una parcela de difícil acceso a la que ya casi nadie acudía, ni siquiera
los hijos de los antiguos propietarios; quienes habían decidido emigrar a tierras lejanas,
después de la muerte de sus padres y anteriormente la desaparición de sus dos hermanas, en
extrañas circunstancias.
Aunque a la policía le había costado un tiempo considerable llegar hasta el lugar, guiados por
el pequeño. Finalmente pudieron acceder hasta la zona donde infraganti, sorprendieron al
criminal cometiendo lo que ellos considerarían; el peor acto delictivo que hayan visto en todas
sus vidas.
Era tan cruel la escena, que en un acto reflejo uno de los guardas tuvo que coger al muchacho,
antes de que éste pudiese percatarse del atroz suceso. Y es que el hombre, “el moreno” estaba
tapando con tierra lo que parecía un agujero en medio del granero, su cuerpo y sus ropas
estaban cubiertos de sangre. Y su cara desencajada era el reflejo de una bestia salvaje fuera de
sí. Estaba tan concentrado en su tarea, que parecía estar poseído por la misma labor. Ni
siquiera se había inmutado en el momento en que la bala le había atravesado el muslo
izquierdo, disparado por el jefe de policía. Quien asustado había reaccionado impulsivamente
apretando el gatillo, para que parase.
Y es que unos centímetros más allá del moreno, en el mismo agujero que se disponía a cubrir,
una mano sobresalía de manera aterradora. Una mano que para desconcierto de todos los que

allí miraban seguía moviéndose, algo que debía de ser imposible. Pues el resto del cuerpo
estaba completamente enterrado. Siendo imposible la vitalidad de la mano. La única
explicación que tenían los policías para aquel reflejo; era que la mano de manera sobrenatural
se había movido al momento de llegar los guardias, en un último intento de reclamar auxilio.
Inmediatamente los policías se abalanzaron sobre quien pretendía con la misma pala que
tapaba el hueco, golpear aquel miembro que intentaba llamar la atención. Fueron unos
minutos inacabables, durante los cuales varios hombres lucharon contra el tiempo y las
condiciones, pues el monstruo había vertido también, cemento sobre el cuerpo. En un afán
quizá, por hacer más difícil el rescate o a lo mejor su maldad superaba cualquier expectativa.
Palas, picos, incluso con las manos descubiertas intentaban los hombres desesperados por lo
menos encontrar el rostro de la victima para que esta pudiese respirar. Pues si la mano se
movía, cabía la posibilidad de que aún estuviese viva. Debían desenterrarla.
Pero aquella tarea fue imposible.
Las causas de la muerte habían sido asfixia, ahogamiento por obstrucción en las vías
respiratorias. En su garganta y pulmones habían encontrado cantidades de tierra
considerables, no solo ingeridas mientras era enterrada. El hombre le había introducido de
manera violenta pequeñas cantidades en su boca, quizá para callarla. Tenía también la pierna
derecha rota en dos partes, y los brazos estaban magullados por las ataduras. El resto no vale
la pena mencionarlo. Porque podría herir la sensibilidad de cualquier ser humano que se halle
en sus cabales. Pero al haberla agredido carnalmente, su cuerpo había sufrido tal vejación, que
hubiese sido imposible para cualquier persona recuperarse de tan atroz acto.
La víctima era una joven adolescente hija de unos conocidos campesinos del pueblo. Quien
engañada por el astuto hombre, la había atraído hacía las afueras del pueblo, con la promesa
de darle un regalo para su hermano pequeño. La inocencia de la adolescente y el buen pensar,
le negaron la posibilidad de ver algún tipo de maldad en aquel hombre. Solo se fijo en el regalo
prometido para su hermano. Además serían solo unos metros los que le separaban de la casa
de sus padres, estaban a plena luz del día ¿Qué malo podría pasar?
Desafortunadamente aquel lobo disfrazado de buen samaritano era la reencarnación del
mismo demonio, y sus intenciones eran bastante maliciosas.
“El moreno” sería por fin condenado a la pena de muerte. Y no solo por el delito cometido con
la hija de los campesinos, pues gracias, aunque desafortunadamente por supuesto, a lo que le
había ocurrido. La policía tuvo la perspicacia de escudriñar en aquel terreno que jamás había
sido examinado. Pues cabía la posibilidad de que aquel lugar no hubiese sido utilizado por
casualidad por el asesino, pudiese haber sido también su refugio o algo peor. Y en efecto, con
gran pena y alivio a la vez, se descubrió que aquel sitio al que nadie acudía por ser propiedad
privada, había sido también el lugar del crimen de las anteriores desapariciones.
Las hijas de los dueños del granero, un par de jovencitas de los pueblos de alrededor quienes
aún conservaban sus ropas rasgadas, y otras cuantas más. En total fueron trece los restos
óseos encontrados en el suelo de aquel viejo granero. Todos en perfecto y metódico orden,

desde el fondo del lugar, hasta llegar casi a la puerta de la entrada. Una manera de actuar
extraña.
Para los delitos anteriores al de la joven, fue imposible hallar pruebas que le involucraran. Pero
bastaba con comparar la similitud de los hecho y la casualidad del lugar, para saber que había
sido él, el autor de aquella maldad. Además, los habitantes pedían a gritos un castigo ejemplar.
Por si fuese poco, el moreno nunca negó haber cometido aquellos actos. Tampoco se inculpo,
pero se reía cada vez que le recordaban los hechos.
Lo único que no tenía concordancia en todo aquello, era el tiempo transcurrido entre los
crímenes. De hecho algunos de los restos encontrados carecían de identidad alguna, no
aparecían en las demandas de personas desaparecidas de los últimos cincuenta años. Los
forenses aseguraban que algunos de los cuerpos, tenían muchos más años de antigüedad.
Pero no había tiempo para adentrarse en cualquier otro tipo de investigación, era necesario
zanjar el tema y dar a la gente lo que quería. En el momento de la ejecución, el moreno no se
mostró arrepentido en ningún momento, todo lo contrario. Parecía disfrutar del dolor de las
familias, de sus miradas de odio y desprecio. Las lágrimas de los que allí estaban presenciando
su ajusticiamiento.
– Por mucho que me odien, por mucho que deseen mi muerte. Todas esas caras que
ahora tengo en frente, no son más que el alimento que me mantendrá vivo. Porque
tarde o temprano volveré. Yo volveré, como lo he hecho siempre y ninguno de ustedes
estará entonces para impedírmelo.
Sentenció serenamente.
Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas enterradas varios metros bajo tierra, tapadas con
cemento, como lo había hecho él con sus víctimas. Pero en aquella ocasión, lo harían para que
la maldad que en él habitaba no tuviese la posibilidad de escapar.
Muchos años después con la ampliación del pueblo y el derrumbamiento total del granero,
algo terrible fue descubierto…

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